09 junio 2013

El histrión de la calle 67

Cuando a las siete y diez de la mañana la niña prodigio del nuevo Hollywood, Jodie Foster, anunció que el Oscar al mejor actor era para Al Pacino, la sala del Dorothy Chandler Pavilion se vino abajo. Al demacrado y barbudo Michael Corleone le habían hecho pasar una noche de perros. A las 4:50, un sonriente Gene Hackman le había arrebatado el Oscar al mejor secundario, una de las dos oportunidades que Pacino tenía de llevarse la estatuilla. 

Fueron muchas horas esperando oír su nombre, muchos años (veinte) esperando que alguna de sus ocho nominaciones le permitieran conseguir el Oscar. Para subir los peldaños del escenario, Al Pacino había tenido que pasar por encima del cadáver de Eastwood, que vive una excelente madurez como actor y que necesita muy pocos recursos, pequeños gestos y ningún truco para crear cualquiera de los personajes que últimamente escoge para sí mismo. Eastwoodactor es hoy paradigma del clasicismo. 

Y ha tenido que dejar en la cuneta a Denzel Washington, otro actor de la escuela sobria, de la ley del mínimo esfuerzo aparente para conseguir la máxima expresividad. Pero tanto Bill Munny como Malcolm X siempre fueron perdedores, aunque ganaran alguna que otra refriega. Derrotar a Stephen Rea, un buen actor en una magnífica película, pero que muy evidentemente se había colado en la lista de las nominaciones, y al pesado de Robert Downey Jr. era pan comido. 

And the winner is -por fin- Al Pacino. Este coronel ciego que lleva de paseo por Manhattan a un muchacho inexperto y atribulado por incipientes problemas éticos, ha permitido al gran actor que Al Pacino lleva dentro un despliegue brillantísimo de recursos y tics. Su interpretación, menos espontánea y vibrante que la de Vittorio Gassmann, más marrullera, pero indiscutiblemente divertida y eficaz, era un camino de baldosas amarillas que llevaba derechito al Oscar. Pacino es un actor «de método», en la linea de los Brando, Newman o Hoffman, pero como esos compañeros suyos que le precedieron en la obtención del premio de la Academia, tiene sus propias características. .En algún sitio he escrito que a mí la que más me gusta en Howards End es Helena BonhamCarter, la más pequeña de las hermanas Schlegel, cultas, altruistas, vitales y apasionadas, cada una a su manera. 

Ha ganado, la mayor, Emma Thompson, la señora de Kenneth Branagh, que también anduvo cortejando a la estatuilla hace tres años. Era también un premio cantado. Su trabajo es una demostración de sabiduría técnica, de contención, de rigor en la expresión. Su interpretación guarda perfecta sincronía con el talante del personaje de Margaret Schlegel. 

Las rivales de Emma Thomson no tenían detrás una película tan perfecta como la que protegía los intereses de la dama inglesa. Las cuatro son estupendas, pero para una vez que el reparto de los Oscar es casi impecable, no se iba a cometer el error de mencionar un filme tan repelente como Lorenzo's Oil para reconocer que Susan Sarandon esuna de las mejores actrices del mundo, o un alarde de impotencia narrativa como Indochina para recordarnos que Catherine Deneuve nos hizo llorar cuando vendía paraguas en Cherburgo o temblar cuando dejaba morir de frío al pobre Don Lope. Las imágenes que aparecieron de Michelle Pfeiffer dan la impresión de que su trabajo en Love field es muy bueno, y Mary Mc Donnell es una actriz muy competente. Pero las ganó Emma Thompson. El Oscar a Gene Hackman es una cuestión de sentido común. Probablemente se lo ganaría por unanimidad en un plebiscito universal. 

Y la Academia le debería reservar una estatuilla todos los años, a pesar de que tan excelente actor se empeñe en trabajar en películas tan mediocres. Hackman lo ha bordado, muy bien dirigido por Eastwood, y los pesos pesados Pacino y Nicholson no han podido hacer nada. Ni tampoco el sorprendente y muy buen actor Jaye Davidson, y mucho menos el desconocido David Paymer. La gran sorpresa de la noche de los Oscar más equilibrados que se recuerdan fue la primera estatuilla entregada, la de mejor actriz secundaria a Marisa Tomei, la única americana entre las candidatas y las que sobre el papel menos posibilidades tenía. Judy Davis era la favorita porque está genial y divertidísima en Maridos y mujeres, la gran relegada en las nominaciones, pero Miranda Richardson, Joan Plowright y Vanessa Redgrave hubieran merecido el Oscar igualmente. Esta vez Jack Palance estuvo precipitado.

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