29 junio 2013

Discoteca a 10.000 metros de altura

La sensación es la misma que en una discoteca de moda: jóvenes vestidos con colores fluorescentes que bailan y silban, dificultad de desplazamiento a lo largo de un angosto pasillo, el DJ que gesticula al fondo y el musicón sonando por los altavoces. Todo igual, igual... pero en un avión en pleno vuelo.

Las compañías aéreas, en plena batalla por atraer clientes y crear una imagen positiva, siguen dando vueltas de tuerca a la promoción. Si hace unos días una aerolínea publicitaba la apertura de los vuelos golfos de Madrid a Ibiza con un viaje capitaneado por Pocholo, la aerolínea Vueling con descuentos acaba de contraatacar con una fiesta a 10.000 metros de altura. Sucedió el jueves, en un trayecto de París a Ibiza.

El DJ francés David Guetta, celebridad al otro lado de los Pirineos, en América y en la Pitiusa, pinchó los temas de su nuevo disco, One love (que EMI pondrá a la venta el próximo 26 de agosto) ante un público compuesto por periodistas, fans, ganadores de concursos diversos y algún viajero despistado que, por error, adquirió un billete para un trayecto con destino al estupor.

En el aeropuerto Charles De Gaulle, los carteles anunciaban que el vuelo VY 4009 se había transformado en Ibiza air party (Fiesta aérea ibicenca). En el mostrador de facturación, David Guetta -repetimos, una superestrella en Francia- atusaba su melenita rubia envuelto en una nube de flashes, cámaras, japonesas gritonas y señores de la limpieza mirando. Junto a él, lo que en un principio parecía un travesti con gafas de sol y maleta de Hello Kitty, pero que finalmente resultó ser su señora esposa, Cathy, organizadora de todos los saraos de su marido y otra celebridad, a juzgar por los volúmenes de su biografía que firmó a chicas emocionadas mientras esperaba el embarque.

Ya en el avión y, tras las pertinentes instrucciones de seguridad, el vuelo tomó su verdadero cariz. Todo lo que normalmente está prohibido de repente se convirtió en lo más normal del mundo: altavoces sujetos a los asientos con los cinturones de seguridad, todas las persianillas cerradas para dar más ambiente discotequero, el pasaje de pie sobre los asientos y soplando silbatos, el sobrecargo gritando «¡Gooooooo vueliiiiiing!» y un Guetta manejando sus aperos de DJ al final del pasillo.

No importaba que fuese una sesión de house y trance de trazo grueso; Guetta había conseguido lo que todos los pinchadiscos ansían: el subidón definitivo -10.000 metros, ni más ni menos-. Un subidón que casi hunde el avión, por cierto, ya que el público, deseoso de ver y fotografiar a la estrella, se aproximó a la parte delantera de la aeronave, por lo que el piloto tuvo que tirar del morro hacia arriba para equilibrar la fiesta.

Ibiza, esa isla llena de magia, de calitas de ensueño, y también de hordas anglo-italo-alemanas, recibió a la excursión con todo su despliegue fiestero. Ya desde la carretera del aeropueto, enormes vallas publicitarias incitan al público a ir a alguna de las sesiones de Paul Van Dyk, Eric Morillo o el propio Guetta, que cada jueves ocupa la sala Pachá con su fiesta Fuck me I'm famous (Fóllame, soy famoso). Y ésa fue, precisamente, la segunda parte del viaje. Con Cathy vigilando la entrada VIP y su marido a los platos, la fiesta del pasado jueves tenía como aliciente la presencia de Kelly Rowland, ex componente del grupo Destiny's Child y vocalista en uno de los temas del próximo disco de Guetta, el muy ibicenco When love takes over.

Medio Newcastle y una porción muy importante de Manchester estaban esperando la aparición de la antigua compañera de Beyoncé. Pero al final todo fue más fugaz de lo previsto: un avión la trajo, ella actuó durante dos minutos y adiós, amado público.

Al día siguiente, rueda de prensa en un restaurante en una de las calitas de ensueño de antes. Guetta que habla de la tecnología, de lo genial que ha sido colaborar con Rowland, a pesar de venir de entornos musicales diferentes, de lo que le gusta criar a sus hijos y de la magia de la isla. Aplausos, saludos y la fiesta se acaba. El vuelo de regreso es una bofetada de realidad: en los asientos no hay bafles, sino personas, y el sobrecargo no incita al desfase sino que pide al viajero que, por favor, permanezca en su asiento.

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