31 mayo 2013

El epistolario de Ortega y Gasset

Los seguidores y estudiosos de José Ortega y Gasset están de enhorabuena, ya que a la imagen madura del filósofo se suma ahora la del joven que forjó su propio destino. Un rayo de luz en la biografía del autor de La deshumanización del arte, gracias a la publicación de Cartas de un joven español (Ediciones El Arquero), preparada con mimo por su propia hija, Soledad Ortega, que rescató estas epístolas, hasta ahora inéditas, de los cajones familiares, cediéndolas a los archivos de la Fundación Ortega y Gasset, que ella misma dirige. 

El libro se remonta a la etapa de estudiante de Ortega -desde sus 8 a sus 24 años, que pasa por distintos internados españoles hasta marchar a Alemania, donde cursó estudios en las universidades de Leipzig, Berlín y Marburgo (transcurrían los primeros años del siglo XX). Desde allí escribe a sus padres, a su novia y futura mujer, Rosa Spottorno y a personajes como Francisco Navarro Ledesma, Miguel de Unamuno o Joaquín Costa. Cartas que llenan, sin lugar a dudas, un vacío indudable, a la hora de adentrarse en la biografía de un hombre cuya obra sigue interesando en todo el mundo (precisamente ahora, se están publicando en Francia sus Obras Completas).

«Sus cartas ofrecen un panorama de su momento juvenil, de su formación y de las preocupaciones que marcarán su futuro: su preocupación por España y su deseo de dotar a su país de una preparación cultural y científica que no tenía», comenta su hija. Estas hondas reflexiones conviven con problemas de índole personal y cotidiano. Como cualquier joven estudiante Ortega se preocupa porque el dinero le (legue hasta fin de mes -para no tener que pedir más a sus padres- e intenta adaptarse a la vida en un país tan distinto, superando la soledad y la melancolía. 

La curiosidad constante, la lucidez de ideas y el dominio de la lengua y la expresión literaria, tan característicos de Ortega, se vislumbran ya a través de este temprano epistolario que «muestra una interesante visión -apunta Soledad Ortega- de esa primera experiencia de salir fuera de España. Ahora Europa es algo cercano, pero entonces era toda una aventura marcharse a un país desconocido -con todo el esfuerzo de aprendizaje de una lengua que conlleva, y ponerse a estudiar filosofía, que era el camino que él quería seguir». Desde fuera, el joven estudiante, mira la cultura y educación de su país con talante crítico. «Como ves -le escribe a su padre en 1905, desde Leipzig- el año o año y medio que pase aquí valdrán por toda una vida de trabajo torpe y cuesta arriba cual es el que ahí se hace en asuntos filosóficos. Creo firmemente que en España hoy no existen más que dos o tres hombres que sepan media filosofía. Yo aspiro a saber toda. Veremos si tengo fuerza de trabajo». Significativa es otra carta en la que dice alegrarse de no estar en Espña para la celebración del homenaje a Echegaray tras la concesión del Premio Nobel: «Casi he llorado de indignación leyendo estos días en El Imparcial los preparativos... 

Esto pone de manifiesto el borreguismo tristísimo de nosotros los españoles... Desafío a quienquiera a que me señale qué hay de nacional en la labor y en el cerebro de Echegaray.» Con su padre, José Ortega Munilla, académico y director de El Imparcial, a pesar de las lógicas diferencias generacionales, Ortega mantiene una relación abierta y dialogante, que se refleja en las distintas cartas que le envía. «A pesar de tener formaciones distintas -comenta Soledad Ortega- había entre ellos una sólida unión e incluso un parentesco de pluma, tanto que mi abuelo llegó a decir, cuando ya mi padre era toda una figura: "tú escribes como yo cuando escribo bien"».

La relación con Rosa Spottorno, entonces su novia, estaba basada en la confianza mutua. Ortega, que encabezaba sus cartas a ella dirigidas con expresiones como «Ay, nena de mi alma», «Rosa de mi vida» o «Rosita mía», le daba cumplida cuenta de sus logros, de sus deseos y estados de ánimo. Así, el sábado 4 de marzo de 1905, a las 9 de la noche, le escribe, con total seriedad: «Creo que voy, al fin, entrando en posesión de mi misma persona: aún quedan algunas provincias del interior en completo estado de rebeldía y de memez. No obstante espero traerlas a sentimientos patrióticos para reconstruir mi yo». Soledad Ortega está convencida de que su madre, completamente entregada a su marido, fue fundamental para la realización de su obra, ya que le aportó la serenidad y equilibrio suficientes. La hija de Ortega recuerda a su padre como un hombre «con un gran fondo de alegría y de curiosidad por las cosas», se ve a sí misma, de niña, desolada ante él -que la animaba- porque se le había roto una muñeca de porcelana y se queda, de entre sus obras, con Meditaciones del Quijote.

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