Robert de Niro mi esquizofrénico favorito

Cuando la Filmoteca estaba en el Círculo de Bellas Artes y proyectaba películas americanas de los años cuarenta y en blanco y negro, los encargados del lugar quitaban la alfombra de las escaleras porque había tardes que la cola bajaba por ellas y llegaba hasta la puerta, entonces giratoria. 

Yo esperaba mi turno junto a un tipo entrañable que quería ser actor y, aunque viviera en una sórdida pensión de Malasaña y comiera muy poquito, admiraba tanto a Robert de Niro que se permitía llamarle Bobby, preguntarse que ocurrió entre él y Shelley Winters y decir que era un esquizo. Para demostrarme los supuestos trastornos mentales de su ídolo me brindaba el repertorio de gestos con los que Bobby se enfrentaba a Harvey Keitel, antes de mandarle al infierno en Taxi Driver. 

En otras ocasiones, para que no desesperáramos por no poder sentarnos en la primera fila, me contaba la vida y los milagros de Jack la Motta y los kilos que engordó Bobby de Niro para interpretarlo. Y si no daba puñetazos contra las paredes, como Bobby en Toro Salvaje, era porque los señores del Círculo de Bellas Artes son muy serios. 

A mí siempre me gustaron los actores a lo bruto, sin método y sin Stanislavski de por medio. Yo, perdonadme, tuve la suerte de ver El dorado -la de Howard Hawks- cuando la estrenaron en el cine Gran Vía. La psicología de los personajes me suena a sueco y Bergman no me gusta un pelo. 

Lo mío es ver John Wayne pegando tiros. Sin embargo he de reconocer que el Actor's Studio y Martin Scorsese han dado a uno de los actores más brutales de todos los tiempos: Robert de Niro, al que yo siempre encuentro cierto aire esquizo y, a diferencia del Duque -como llamaba, familiarmente a John Wayne John Ford-, no tiene la mala costumbre de hacer de bueno.

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