19 agosto 2013

Desde el siglo 0 antes de Cristo existen los vascos

Clasificado X en el escáner de irresponsabilidades políticas subsidiarias, tachado de hermético, numantino y cerril desde el prisma paneuropeo y transleninista, olfateadas sus esencias por los que lo denominan con displicencia castrense El Norte ensoñando la IV Carlistada, envidiada su ikurriña como anagrama conciso y de diseño más vistoso y olímpico que lo de Mariscal, el curtido pellejo vasco ha sido y sigue siendo permeable a todo tipo de innovaciones y exotismos siempre y cuando no le toquen el patrimonio aglutinante, la fórmula magistral, el rollo juntero, llamémoslo asambleario, ni terminen de extinguirle el idioma. El euskera crece al adquirir desde ésa noche de los siglos que tanto fascina a los milenaristas acepciones latinas, celtas, visigóticas, árabes, griegas. 

Para su desarrollo social y tecnológico. Estrategia que no ha abandonado, más que nada porque es lengua viva. Luego la frase se procesa en una estructura sintáctica que a primera vista choca, desconcierta, pero cuyo ritmo es accesible a cualquier adulto de capacidad mental media. Dentro del aparente laberinto, todos los neologismos que se quieran, desde el siglo cero antes de Cristo. Los vascos coexisten en una dinámica abierta. Sólo intentan que no les borren esa coordinación de elementos que es trabajo de siglos y que decide sus partículas, su particularidad. 

No sin corresponder en su justa medida. Si una palabra latina por antonomasia como txapela -de capellum- se ha integrado en el casticismo y parodia del éuscaro, éste ha otorgado al román paladino (Berceo era vascohablante y sobre todo vascófono) voces como bizco - de begizko, mal de ojo; zamarra, chaleco, coscorrón, órdago y muchas más. Vayan las dichas como curiosidad. Lo fundamental para con el castellano agloremado en la Sierra de la Demanda y aledaños, empero, fue la sobriedad, el ahorro de unos signos mudos que hoy traen por la calle de la amargura a las infórmatas franceses. 

Yendo a temas más suculentos, es verosímil que vascones trashumantes plagiaran a la japonesa la fundición y aleación de metales en sus contactos con las hordas caucásicas. Había que salir del neolítico donde pretendían empantanamos, con sanísimas ganas de incordiar al Imperio, los gurús de los 60. Entre ellos Oteiza, cuyo «Quousque Tandem» supuso el Rubbhayat de la insurrección. A cuyo dictado todos los estetas vascos labraron estilizadas estelas funerarias un poco made in Hong-Kong. Idénticas a las que uno puede descubrir en la frontera extremeñaportuguesa, en Estremoz sin ir más lejos. Hoy Oteiza ha pasado del magdaleniense contemplativo al megalítico neoyorquino y, compinchado con Gorordo, alcalde de Bilbao, intenta colocarle a la Alhóndiga una excrecencia posmoderna inoculada, quizás, en Manhattan. Son crisis.

La cocina vasca, por seguir con la plástica, hubo de abastecerse en las Antillas -Terranova y El Labrador proporcionaron antes el cachalote y el bacalao- de tomates y pimientos, imprescindibles para sus salsas y aderezos. Sin Suramérica, Arzak lo tendría crudo. En Vasconia se utilizaban algunas solanáceas, beleño, mandrágora, belladona, yerba mora, para colocarse en el aquelarre (otra inseminación para la bella fabla, de aker, chivo, y larre, prado: de todos modos aquelarres hubo en Galicia, Moncayo, Catalunya, Chamberí). Pero la patata vino de Indias, y sin ella no hay marmitako ni zurrukutuna. En intenso tráfico con los aborígenes del actual Canadá, los arrantzales trocaban barricas de sidra por pieles de tejón que les permitían trapichear vino de las comarcas del Ebro. 

¿Es éste un pueblo encerrado en sí mismo, una comunidad autista? Sucede que los vascos han demostrado gran pericia selectiva en apropiarse de todo cuanto de provecho y progreso haya transitado por sus encrucijadas: el cristianismo se sincretiza; pero, ojo, la gentilidad también. Hay reciprocidad animista. Y para el XVI y el XVII, días de cuestión y autos de fe, en Euskal Herria se logra legitimar por fuero la figura de la freyla o sacristana -serora- con responsabilidad cercana a lo sacerdotal en liturgias de bodas y sepelios. 

Estas oscuras vestales fueron el desespero del inquisidor civil vasco Larteguy, que renegaba de su origen y prefería el título de Pierre de Lancre, y que achicharró en Iparralde a un puñado de clérigos galantes. Hemos hablado de Arzak, apellido de resonancia gascona. Los gascones, primeros hermanos transpirenaicos, son a los donostiarras lo que los fenicios a Barcelona: inmejorables brokers, enseñaron a los vascos el arte del comercio y la intimidad misógina -aún en litigio- de las sociedades gastronómicas o txokos para hombres solos o solitarios. No hace ni un mes hemos asistido a las medievales comparsas de Santa Agueda. 

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