25 abril 2015

La bragueta de un político español está en la cartera

A ver si me puedo explicar. Durante la transición política, aun antes de la Constitución, se estableció un pacto tácito, inercial y creo que sabio, entre políticos y periodistas para eclipsar cualquier asunto de bragueta, solapar apasionantes historias de alcoba trufadas de conspiraciones partidistas y correr los visillos sobre la intimidad sentimental de aquellas personas públicas que en verdad querían preservarla. Por supuesto que aquél fue un pacto de doble vía del que también se vieron beneficiados todos los periodistas, no menos enredados en las faldas o los pantalones de una excitante libertad adolescente. 

Aquello estuvo bien, y como buenos latinos católicos procuramos distraernos en el sexto mandamiento huyendo de las estrecheces morales de los hijos anglosajones de la Reforma que tan severamente penalizan a un político más o menos rijoso o sentimentalmente expansivo. De no ser por aquel consenso en la discreción, más de media clase política se hubiera despeñado en el humilladero de una auténtica prensa amarilla, hoy inexistente en España, que los hubiera descuartizado. Pero que yó sepa ya no hay más pactos, y, liberados estos chicos de la moral de la cama, han debido creerse que todo el monte es orégano y que todos los comportamientos legales son éticos, posibles y hasta aplaudibles. 

Aquí hay quien de tanto legislar ha llegado en estimar que se puede hacer todo lo que no está estrictamente prohibido, y así acabarán obsequiándonos con sonoros regüeldos cuando nos conviden a cenar, no se sabe con cargo a qué partida presupuestaria. Así nos salen las cuentas de gastos del Partido Popular en CastillaLa Mancha, un diputado principal se deja prestar coches de lujo por un abominable constructor objeto de toda sospecha y acabamos en lo que acabamos: que quien afirma endurecido de corazón que el Estado no puede subvencionar a los vagos se deja obsequiar por aquél el transporte de sus vacaciones. El señor Solchaga lo sabe mejor que yo: esas 32.000 pesetas no son nada, pero también son la pensión mensual de una viuda de las que se dan con un canto en los dientes. En el fondo mi queja es envidiosa porque teniendo aspecto de cualquier cosa menos de VIP's nunca me ha invitado la «Compañía Trasmediterránea» ni a un café habiendo utilizado sus servicios mucho más que el látigo socialista en el Congreso. 

No es éste un problema de dinero, ni de legalidad, y, si me apuran ni siquiera de moral o de ética; son asuntos que se relacionan con la estética de la política y sobre cuyas ramas acaban indefectiblemente posándose 'orondos buitres que han hecho todo menos aquello que les pudiera llevar directamente a la cárcel. Bueno, pues o la cartera o la bragueta. Propongo solemnemente la abolición de aquel pacto primigenio entre políticos y periodistas. Si pretenden justificar y hacerse perdonar públicamente sonrojantes deslices con el dinero y piden a la ciudadanía comprensión, que rindan al menos crueles cuentas de su variada y poli valente vida de entrecasas, paladeando el acíbar de ese «amarillismo» del que tanto se quejan y que ni saben lo que es. Por cierto, les voy a contar la historia de un ministro, no ya con otra dama sino con un alto cargo de su departamento que les va a tumbar de espaldas.

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