09 julio 2012

El más grande está a la espera

Algunos llevaban tiempo enterrándolo, pero los grandes no mueren tan pronto. Ahí está Roger Federer, de nuevo campeón de Wimbledon, de nuevo número uno del mundo. Una muestra más de sus extraordinarias capacidades tenísticas. Le ha bastado mantenerse en stand by, aguardar su momento, para resurgir en su escenario favorito. Con el motor en marcha, sin acelerar, sin hacer ruido, Federer se eleva de nuevo a las alturas. 
A poco que Djokovic ha dejado de ser el jugador indestructible de 2011 y que a Rafael Nadal le ha jugado el físico una mala pasada, irrumpe a lo grande. Entre sus innumerables méritos está el de obligar a sus adversarios a dar siempre el máximo rendimiento, a estar alerta, a un nivel constante. 

Nadal sigue siendo quien más cerca está de él: le supera claramente en los enfrentamientos personales y permanece a una distancia razonable en los grandes conquistados. Djokovic pasa por un período valle que entra dentro de la lógica. Hay que barajar sus nombres porque los tres vienen protagonizando una batalla colosal en los últimos años y ninguno de ellos es del todo entendible sin sus estrechos competidores. Intenta sumarse al selecto grupo Murray, no tan lejos del objetivo en la tarde de ayer, aún a tiempo de engancharse en un futuro próximo. 

Pero la hierba es el territorio más acogedor para el gran jugador suizo, aunque de vez en cuando algún invitado, tan ilustre como Rafa o Nole, se cuele en su jardín. Esta superficie plantea un desafío físico distinto, de salida, de apoyos, más explosivo y muscular, menos aeróbico, incluso anaeróbico. 

Vuelve la vieja contienda dialéctica: Rod Laver o Roger Federer. Cada cual posee sus propios argumentos; cada uno en su tiempo. En la época del gran jugador australiano los materiales eran mucho más rústicos, pero también había menos jugadores en la élite, menor exigencia física, menos torneos, como sucedía en el resto de los deportes. Disfrutemos de un presente formidable. Federer manda de nuevo, pero sabe que no podrá descuidarse. A poco que afinen sus inmediatos perseguidores, puede haber movimiento en la cabeza.

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