02 julio 2015

Cada uno debe de asumir la responsabilidad de sus actos

Cuando Jean Paul Sartre estrenó su pieza teatral A puerta cerrada, realmente trataba de comunicarnos que somos nosotros quienes debemos asumir la responsabilidad de nuestros actos. 

La obra se representaba siempre acompañada de otra suya titulada La puta respetuosa, dígase sin ánimo alguno de señalar. Parece mentira, pero bien podría pensarse que el filósofo existencialista francés llevaba dentro de sí a un vocacional técnico de fútbol. Lo digo porque Miguel Angel Lotina, del mismo modo que reaccionan otros preparadores responsables ante situaciones límite, ha determinado que el último entrenamiento semanal del Espanyol se lleve a cabo, precisamente, a puerta cerrada. Y, de repente, me viene a la mente la pregunta ingenua. ¿De verdad, sirven para algo estas sesiones de clausura? 

¿En cualquiera de ellas, y para que el enemigo sepa lo que vale un peine, se ensayarán argucias secretas, estrategias maravillosas, fascinantes golpes a balón parado que proporcionen el triunfo inmediato? Seguro que no. El valor mágico de estas sesiones prohibidas al curioso tiene un componente puramente sicológico, cuando no la intención manifiesta de que no llegue el personal a joder la marrana. Si Luis hubiera trancado las puertas el día aquel de los hechos infaustos, es un decir, a estas horas no sabríamos lo de sus manifestaciones presuntamente xenófobas o que, también, en Valencia exigió a Rivaldo que le mirara a los ojitos, míreme, sí, míreme.

Mi admirado José Luis Mendilibar dispuso un entrenamiento a puerta cerrada cuando el Sevilla visitó San Mamés, para «perfilar con más tiento la preparación encaminada a derrotar al Sevilla», como constaba en los papeles deportivos, y ya se sabe qué ocurrió.Así que lo de Lotina no pasa de ser una maniobra de distracción, el viejo truco del almendruco para crear expectativas nuevas ante los viejos fracasos. Lo digo porque esa misma prensa aventuraba ayer que medita tornar a la defensa de cuatro y que volverá al dibujo original de la pasada campaña. ¿Para eso se encierra con veintitantos de los suyos? ¿O lo hace, precisamente, para que el listo de turno no le dé la tabarra durante el entrenamiento?

A despecho de estas determinaciones, Javier Clemente viene trabajando con luz y taquígrafos. Él sabe que no se puede viajar del tormento al éxtasis apenas en seis días y por eso ha venido permitiendo la presencia masiva en Lezama de miles de romeros empeñados en asistir al nacimiento festivo de un nuevo proyecto. ¿A qué negarles el acceso a unas sesiones puramente físicas, apenas tácticas, cuando la verdad de la mentalización futbolística se hace a base de charlas individuales o colectivas, y esas sí que son privadas? «Está la puerta abierta/ juntemos nuestros sueños/para vencer al miedo», cantaban a dúo Cortez y Cabral. Y si se pierde, ¿qué? Pues, a seguir trabajando. Como Sartre aseguraba en A puerta cerrada, los enemigos son ellos, los otros. De momento, el Espanyol.

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