09 septiembre 2017

Marrakech un placer para los sentidos

Sensual hasta el tuétano, Marrakech, eternamente en boga, es lo mejor que puedes regalarle a tus sentidos. Lo ha sido siempre, pero lo es hoy más que nunca porque al hechizo de la Medina se une una explosión de riads boutique, terrazas chill out y sofisticados spas que coronan el atractivo milenario.

Es el contrapunto ultramoderno a la belleza de palacios y jardines, al aroma de la jaracanda, al bullicio de la incomparable plaza de Jemma el-Fna y la quietud de las viejas paredes del Atlas... La ciudad roja está haciendo lo imposible para seducir aún más al visitante, con buenos resultados.

El viaje a la modernidad, acelerado en los últimos diez años, ha añadido tonalidades al tapiz variado de visitantes. Bohemios, sibaritas, celebrities y soldados rasos del low cost siguen entrando a buen paso por las 24 puertas que perforan sus murallas, pero la antigua ciudad imperial tiene ahora un amplio catálogo de lugares donde reina el ambiente chic y la estética vanguardista al servicio del urbanita más hedonista. Brotando aquí y allá, como una vez surgieron los infinitos puestos del fascinante zoco, Marrakech se está cubriendo de hoteles, restaurantes y tiendas de moda que quieren competir con las metrópolis europeas más cosmopolitas.

Si pide una mesa en la soleada terraza del Keshmara (3, rue de la Liberté), en pleno corazón del barrio de Guéliz, podrá verlo con sus propios ojos. Un día entre semana, a las 13:30, un joven marroquí trabaja en un portátil Mac mientras una pareja charla cóctel en mano contra el blanco impoluto de este local futurista y desconcertante, salpicado de pinturas contemporáneas y sillas del diseñador danés Verner Panton. Es tal vez menos evocador que el minarete de la mezquita Kutubia, el faro islámico que rompe un skyline bajo de caóticos tejados y puntas de palmeras. Tampoco se oye la llamada del muezzin a la oración, ni el retumbar de los tambores cuando cae la noche en el corazón de Marrakech, pero son locales como éste los que están poniendo a la antigua ciudad imperial bajo el radar mundial de los destinos trendy, es decir, los de últimas tendencias.

Aquí, en la ville nouvelle, donde se asentaron los recelosos franceses huyendo del polvo de la Medina, es donde la tranformación ha ido más lejos. Las muestras de art decó que enseñoreó el lugar el siglo pasado compiten ya en desventaja con los espacios minimal de estos garitos un tanto pretenciosos y regentados casi en su totalidad por empresarios franceses.

En la rue Mohamned El Beqqal, por ejemplo, la fachada del hotel Le Bad nada hace sospechar que se encuentra ante un hotel de diseño decididamente singular, a años luz de los más tradicionales hoteles-riad (las casas típicas marroquíes con un patio central). Nada que ver tampoco con los suntuosos resorts del Palmerai, el oasis elitista de las afueras de Marrakech. Le Bab es diferente. Sofisticado. Urbano. Un mundo inventado en blanco negro cuyo único vínculo de unión con lo marroquí son las fotografías costumbristas de su hall.

Es también un concepto diferente porque al contrario de otros hoteles de lujo, pongamos La Mamounia, esa leyenda de la ciuda roja, vive abierto al exterior. Y es que Bab significa 'puerta' y cuando el sol empieza a flaquear se convierte en un glamouroso club donde tomarse la primera.
A la hora del aperitivo, que para los marroquíes es antes de la cena, entre las 6 y las 8, merece la pena subir al Cielo de Le Bab. En la azotea de este hotel cubierta de piedrecitas y cómodos sofás, se encontrará música chill out y un personal experto en mojitos y baudoir (un cóctel de fresa, kiwi, frambuesa y vodka). La copa cuesta 80 dirhams (cerca de 8 euros) , un precio muy europeo.

Antes de que caiga del todo la noche sigue siendo obligatorio acercarse al universo mágico de Jemma el-Fna y su espectáculo de encantadores de serpientes, aguadores, danzadores, cuentacuentos, pitonisas y tatuadoras de henna. Entre los mil y un aromas reconocerá el de cordero asado, perfecto estímulo para ir a cenar a La Tangia (14, Derb J'did, Hay Essalam), un elegante restaurante oriental situado entre los palacios de la Bahia y El Badi y perfecto para devorar una pastilla de pollo o, si se atreve, de pichón. La Tangia presume de combinar sutilmente el art de vivre marroquí con los detalles occidentales. Aquí, mientras se derriten las velas en la terraza de su último piso, con vistas al barrio hebreo, interrumpen la velada infinitos destellos de cuentas y monedas que orbitan alrededor de enloquecidas caderas... son las bailarinas de la danza del vientre que al entrar en escena disparan la sensualidad del momento. Pero son las 10:30 en Marrakech y la noche marroquí no ha hecho más que empezar.

Si está en la ciudad roja durante un fin de semana puede quedarse perplejo de la cantidad de lugares consagrados al magnetismo de la noche y a la clientela internacional. Ya es un clásico el sexy y caótico Comptoir Darna (avenue Echchouada, Hivernage) con latidos electrónicos y suntuosa decoración oriental. En la carretera hacia Ourika, dejando Pachá a la izquierda, Bo-Zin (Route de l'Ourika 3.5 km) es el punto de encuentro de la gente guapa de la ciudad. Expatriados y locales vip vienen a este restaurante por la atmósfera chic y la fusión tailandés-francés-marroquí de su menú. Su espectacular jardín de bambúes y palmeras, con haima incluida, merece la pena el trayecto en coche.

Ya por la mañana, no hay que perderse otro jardín, el bellísimo Majorelle, oasis idílico de especies botánicas del desierto legado del artista francés Jacques Majorelle (avenue Prince Moulay Abdellah). Un icono inmortal de la moda, Yves Saint Laurent, rescató el mosaico natural de lirios, cocoteros, bambúes y plátanos del abandono y hoy descansan aquí sus cenizas. Hay que respirar hondo en Jardín Majorelle para preservar ese bálsamo de tranquilidad que transmite, un lujo que no se alcanza desde luego en la vibrante Medina, donde las sensaciones se reciben a trompicones.

Larga vida al zoco
Ya sea para llevarse unas babuchas típicas, una alfombra, una lámpara o unos sabrosos dátiles para reponer fuerzas, cómo no ir al viejo zoco, laberinto interminable de la compra callejera. Perderse no sólo es facilísino sino imprescindible para observar cómo trabajan los artesanos, los curtidores, grabadores, los herreros... y transportarse a un mundo inquietante de herramientas arcaicas y habilidad manual. Si no ha conseguido deshacerse del hechizo del bazar, pero necesita un descanso, el Café Árabe (184, rue Mouassine), con sus excepcionales vistas de la ciudad y ambiente cosmopolita es una apuesta con mucho estilo donde encontrará a muchos residentes extranjeros.

Más selecto y elegante, Le Foundouk es, por su calidad y su buen gusto, un restaurante que gusta a ilustres nombres del papel couché. Tiene un encanto añadido y es que hay que perderse para llegar hasta él. Como punto de referencia hay que tomar la madrasa de Ben Yusef (Place Ben Youssef), una auténtica joya herencia del siglo XIV, cuando Marrakech era uno de los centros islámicos y culturales más importantes del mundo.
La escuela coránica, de marcada influencia andalusí, es una impresionante edificación que llegó a albergar a 900 estudiantes. Subiendo desde aquí por la Souk El Passi se descubre una parte muy misteriosa de la ciudad, donde las caravanas comerciales paraban para pasar la noche. Ya destartaladas, quedan pocas de estas fondas medievales.

Una, sin embargo, está perfectamente reconstruida y alberga el amplio y luminoso Foundouk, donde la especialidad de la casa es un delicioso tajín (cordero que se deshace en la boca y que antes ha estado en la cocina un mínimo de cuatro horas, a veces toda la noche). Los camareros, uniformados con trajes tradicionales, son impecables. El Foundouk cuenta entre sus clientes recientes con Giorgio Armani o la actriz de Sexo en Nueva York, Kim Cattrall (la segunda entrega, por ciento, de la película se estrena esta semana en Estados Unidos y está rodada en Marrakech) así que, como se imagina, es imprescindible reservar mesa.
Las compras de Guéliz
Ha llegado la hora de conocer a fondo otra vertiente del Marrakech de hoy, el otro shopping que ofrece la ciudad nueva. Las compras en Guéliz son mucho más relajantes, tanto como quiera, porque se compra al estilo occidental, es decir, no hay regateo. Sus numerosos anticuarios, tiendas de moda y de diseño ofrecen una ventana al más moderno Marruecos.

En el Passage Ghandouri, donde brilla la alpaca y el bronce, compran adinerados clientes europeos y marroquíes. Aquí encontrará Yahya Création y Decoriente, considerados como dos grandes artesanos de la decoración de lujo. Para encontrar piezas antiguas marroquíes, en la rue de la Liberté, Mamounia Arts Gallery y Darkoum, son dos anticuarios muy tentadores. Al final de esta calle, en la esquina con la avenue Mohamend V, está Intensite Nomade, la boutique de moda de la diseñadora Frédérique Birkemeyer, cuyos caftanes europeizados han cosechado enorme éxito entre clientes muy conocidos, como la española Elena Benarroch.
Y para conocer a los creadores emergentes de la ciudad roja hay que aventurarse a Sidi Ghannem, punto de encuentro de artesanos y artistas a unos 15 minutos fuera de Marrakech, por la carretera hacia Safi. Este conjunto de naves industriales está considerada como la zona cero del diseño marroquí y cada día gana más adeptos.

Hay un poco de todo, así que entre fábricas destartaladas de mayoristas se encuentran estudios como el de Laurence Landon, una experta francesa en cristales que trabaja con orfebres locales, y los laboratorios de estética como Les Sens de Marrakech, una marca consagrada al famoso aceite de Argán.
Porque el llamado oro líquido de Marruecos no sólo se encuentra en empolvados frascos en el zoco, sino en sofisticados tarros al estilo Body Shop. Marrakech ya no da puntadas sin hilo.

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